Testimonio de explotación sexual en hogar sustituto*

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Ana nunca conoció a su padre y su madre la abandonó cuando era un infante. El vicio de las drogas de su madre dejó a la deriva a tres hermanos en el apartamento del residencial. Sus vecinos llamaron al Departamento de la Familia y los removieron. Desde entonces, Ana ha estado en seis hogares sustitutos donde ha sido maltratada físicamente, emocionalmente y abusada sexualmente. En el segundo hogar permaneció por una década:

“Yo caí en depresión, intenté quitarme la vida dos veces. Ella no es que me maltrataba físicamente, ella me maltrató emocionalmente. Físicamente, cuando se le salía me metía una “gaznatá” en la cara, pero no es que era todo el tiempo. Pero me maltrató brutalmente emocionalmente hasta el punto que caí en la depresión y ya yo no quería saber de nada ni de nadie”.

Por un tiempo, Ana fue la única niña en el hogar, pero luego la señora comenzó a recibir a varones grandes.

“Cogió un muchacho de 15 años y al parecer se enamoró de él, o algo sucedió, una química entre ellos que ella cambió totalmente. Un cambio radical de pies a cabeza. Ella dejó a mi papá (como ella le decía a su padre de crianza), discutía siempre con él todos los días. Todos los días el muchacho le pedía. Ella hacía lo que fuera para conseguírselo. Todo era él. Ahí ella empezó a cambiar. Como que todo era aparte para mí. O sea, yo tenía que estar encerrado en el cuarto todo el día. Yo no podía hablar con los muchachos porque ella estaba enamorada de ellos. Yo no podía sonreírme con ellos porque ya era otra cosa para ella. En este mismo hogar intentaron también abusar sexualmente de mí. Esa fue la única y fue la que me marcó y la que me traumatizó porque él me tocó en mis partes y me sentí súper mal”.

Se trataba de un compañero de crianza de 15 años que posteriormente la amenazó de muerte si confesaba los hechos. Aunque Ana no ha estado involucrada con drogas, señaló que en la escuela experimentó con algunas. “Bueno, no sé si a las “palis” eso le llaman drogas pero… una vez nada más use un “Phillipe”, por probarlo. Pero marihuana (sólo), cocaína, eso nada.” No obstante, enamorada del vendedor de drogas en la escuela le ayudaba en el cobro de los estupefacientes.

Actualmente Ana vive en el primer hogar sustituto que la acogió. Está en su cuarto año y “sólo espero terminar y convertirme en psicóloga”.

Fuente: La trata de personas en Puerto Rico: Un reto a la invisibilidad (Fundación Ricky Martin)

Testimonio de explotación sexual por parte de parientes

De recién nacida, su padre la abandonó junto a su madre y su hermana mayor. Desde entonces vivió con su madre, sus abuelos y una hermana. La madre se dedicaba a la prostitución y desde que Liza tenía cinco años comenzó a explotarla sexualmente al igual que a su hermana.

“Ella siempre me explotaba, cuando yo era más pequeña, me acuerdo que yo estaba en primer grado, y nos encerraba en un cuarto a mí y a mi hermana en esas camas de mosquitero que eran como de tubos… y nos amarraba ahí y a ella le daban cien pesos y los hombres tenían relaciones con nosotras”.

A esta edad también Liza era abusada sexualmente por su abuelo, su tío, sus primos y luego por un hermanastro. La tenían bajo amenaza por lo que nunca pudo acusarlos. Su madre, según narra, no se enteró. A los ocho años fue llevada a un hogar sustituto donde, según sus declaraciones, la trataban bien pero eran personas muy mayores.

Posteriormente su madre la llevó a otro hogar cuyos dueños tenían un negocio de supermercado y estaban bien económicamente. En este hogar fue violada por su padre de crianza (dormía con ellos en la misma cama) y más tarde se enteró que su madre era cómplice de estos actos:

“Después fui sabiendo que era un negocio porque después fui creciendo y me dijeron todo cómo era”.

A su madre le pagaban por los servicios de su hija. A los 13 años, Liza tuvo su primer hijo y nunca más volvió a ver al padre de su hijo. Luego convivió con un hombre del cual tiene una hija y de quien tuvo que separase por malos tratos. Actualmente no tiene comunicación con ninguno de sus hijos. Sabe que su hijo estuvo preso muchos años por robo y su hija de 11 años vive con su padre. Liza es usuaria de drogas y se prostituye para sufragar su vicio. Pero todavía a sus 44 años la explotación familiar la persigue.

“Tengo un primo que ahora está en la Policía de Puerto Rico que se dedica a chequear el área donde se prostituyen las mujeres y eso, para someter casos y que se yo y nos encontramos. Estaba yo brindando servicios sexuales en Carolina y sin querer pues me acosté con él y no sabía que era mi primo. Y después que terminamos me dijo: “¿Tú eres Liza…?”. Y yo: “Si”. “Pues yo soy el agente ‘tal” y soy tu primo”. Yo no sabía ni qué hacer. Yo me eché a llorar”.

Liza aclara que no trabaja, sino que se prostituye por la necesidad de sostener el vicio y de inyectarse todos los días. Declara que lo hace, “para no pensar que tengo raíces de amargura pues mi vida está destrozada completamente por dentro, o sea, no tengo deseos de vivir. Porque, honestamente, cuanta persona me dice que está enferma me pego a ver si me enfermo y me voy de verdad. Eso es lo que hago. Si hay una persona que dice que tiene SIDA me pego a él porque estoy cansada de vivir, yo no espero nada de la vida. Yo espero por lo menos antes de mi cumpleaños por lo menos irme con papa Dios. Porque yo creo que el cuerpo mío necesita descanso, han sido muchos golpes en esta vida y no espero nada de la vida”.

Con estas palabras, Liza culmina la entrevista. A sus 44 años es prisionera de su niñez y solamente anhela morir para librarse de su pasado.

*Publicado originalmente en la edición de enero de 2011 del periódico Puerto Rico Cooperativista