Jon Lee Anderson: testigo de la guerra que quiere “incomodar”

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Jon Lee Anderson
Jon Lee Anderson / Foto por Gabriel Leigh

Las bombas habían aplastado la ciudad siria de Alepo. Por doquier se alzaban penachos de carros en llamas y civiles continuaban un éxodo a Turquía y otros países vecinos, escapando de la guerra civil. Era finales de julio pasado cuando el periodista y escritor Jon Lee Anderson entró a esas calles y pasillos laberínticos para entender y contar el conflicto en su última crónica de la revista The New Yorker. El próximo martes cuatro de septiembre hablará en el Museo de Arte de Puerto Rico, sobre literatura, cine y lo que ha visto en sus coberturas como corresponsal de guerra internacional.

En Alepo, los rebeldes resistían el bombardeo de la fuerza aérea y el asedio de francotiradores apostados sobre minaretes de las mezquitas, mientras esperaban el contrataque del ejército del presidente Bashar Al Assad. Así estaban las cosas cuando Jon Lee fue a una casa en la que había ocurrido algo grave.

Hombres llegaron en un vehículo y bajaron el cuerpo de un joven insurgente. Lo dejaron en el suelo del jardín y sus parientes se acercaron a ver el cuerpo vejado por los paramilitares afines al régimen. El cadáver mostraba una tortura descomunal, al punto de que Jon Lee tuvo que contener la descripción en su crónica. La carga emotiva había sido tan fuerte que él, reportero de guerra desde su juventud, había tenido que salir a tomar aire. Fue entonces cuando llegó Fátima, la madre del joven.

“Ella gritó algo que no entendí pero era un quejido. Alguien le dijo que pensara en Mahoma, y ella solo gritaba que no hay ningún Mahoma, que no podía tenerlo en cuenta. Eso es una blasfemia en el mundo musulmán, pero todos lo entendieron porque sabían que era el desgarre más duro que puede vivir una madre”, cuenta el reportero estadounidense, desde el otro lado de la pantalla, en una entrevista por Skype desde Ciudad México.

Hace una pausa y se lleva los puños a la boca. Le duele contar lo que ha visto. “Fátima se sentó en el suelo, se puso la cabeza de su hijo en la falda y entró en un trance. Era un trance de dolor. La guerra se trata de matar y morir. Tuve que contar la historia de Fátima porque no había una escena más elocuente”.

Esa es, precisamente, la razón por la cual Jon Lee cubre conflictos. Para recordar el dolor ajeno a las sociedades cómodas en los sillones, inmunes por el bombardeo de imágenes de CNN y la BBC. “Quiero que la gente sí se agobie, que se incomode. Porque si no lo hacen, no hay solución. Si todos nos endurecemos, entonces estamos jodidos, compadre”.

Habla español con acento mitad gringo y mitad cubano, cambiando la “r” por la “l” antes de una vocal. “Si por lo menos me creen un testigo honesto, entonces he logrado algo, he logrado romper la barrera de los estereotipos del que está cómodo en Massachusetts o en Lima o en Vladicostok. Esa es mi llave. Que reflexionen. ¿A dónde van esos pensamientos? ¿A un cambio positivo? ¡Ojalá!”.

Reportero a los nueve años

Esa necesidad interpretar el mundo lo habría de asaltar muchos años antes, cuando su madre le leía cuentos en la cama antes de dormir, y le estimulaba a escribir sus historias. A los nueve años, en la ciudad taiwanesa de Taipéi, fundó su primer periodiquito. Lo escribían él, sus hermanos y amigos, que reportaban sobre las incidencias del barrio. Había nacido en California el 15 de enero de 1957, en una familia de diplomáticos estadounidenses, por lo que tuvo una educación privilegiada mientras crecía en Taiwán, Corea del Sur, Colombia, Indonesia e Inglaterra.

Cuando tenía 19 años, ya había iniciado una vida de viajes y aventuras, y se enamoró de una cubana que vino a vivir a Puerto Rico. Jon Lee quería llegar a la Isla, pero no tenía dinero. Así que buscó trabajo en Miami Beach, soñando con un poco de dinero para comprar el pasaje del avión. Sólo consiguió un guiso en un hotel, como gigoló. “Sí, me asomé a la cita, carajo”, acepta regalando su sonrisa de galán de Hollywood. “Las mujeres que iban allí eran muy viejas, y me dije, ‘esto no es lo mío”.

Rendido tras el pequeño fracaso en Miami, se fue a la carretera a pedir pon. Iba con dirección al norte de Florida, a Gainesville, donde estudiaba y vivía su madre. Lo recogió del camino un hombre que era guardia en una cárcel en la localidad de Belle Glade, en medio de campos de ganado y de caña de azúcar. Entonces le dijo que había trabajo allí. Así que, en lugar de venir a Puerto Rico, se quedó “fascinado” con su empleo de guardia penal. Se reunió luego en la Florida con su novia, para luego seguir viajando, hasta que llegó a Perú. En Lima le cayó en las manos un diario con un anuncio en los clasificados que le habría de anunciar el porvenir. Necesitaban a un reportero. Aunque mal pagado, probó suerte. Y se convirtió en Jon Lee Anderson.

Se especializó América Latina y en el nuevo orden mundial surgido tras los ataques terroristas del 11 de septiembre. Ha cubierto guerras y conflictos en Angola, Afganistán, El Salvador, Israel, Irak, Irán, Irlanda, Líbano, Uganda… Ha entrevistado a Fidel Castro, Hugo Chávez y Augusto Pinochet. También escribió libros como La caída de Bagdad, sobre la Guerra de Irak, y la famosa biografía del guerrillero Che Guevara, de donde surgió el guión –que él mismo ayudó a escribir- de la película que protagonizó Benicio del Toro. Ahora está en México trabajando en un proyecto que no quiere anunciar “por supersticioso”, y vendrá a la conferencia del martes próximo por invitación del Centro de Periodismo Investigativo, como parte de las celebraciones del quinto aniversario de la institución, con sede en la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana.

“Jon Lee es de esos pocos periodistas que llega a un lugar y sabe rápidamente lo que está pasando. Inmediatamente entiende la estructura del poder”, cuenta el escritor y periodista puertorriqueño Héctor Feliciano, autor de ‘El museo desaparecido’, y a quien se le debe la visita de Anderson a Puerto Rico. Son amigos y colegas en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que fundó Gabriel García Márquez.

“Jon Lee tiene la capacidad de identificarse como periodista de guerra y al mismo tiempo como si fuera oriundo del país que visita, tiene una gran capacidad de adaptarse, tiene empatía con la gente. Su vida como hijo de diplomático le dio una perspectiva mundial y una perspectiva diferente de las cosas”, continúa Feliciano. “Él trata de entender qué está en juego de la política estadounidense, sabe que la postura internacional de su país no es la correcta. Él siempre puede comprender al otro lado. Por eso es mi amigo”.

Le ‘aflige’ la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos

Como periodista responsable, quiere visitar primero Puerto Rico antes de comentar sobre la relación de la Isla con Estados Unidos. “Lo que te puedo decir lo sé por lecturas, y es que hay una falta de consecuencia en esa relación. Siempre he pensado que los puertorriqueños han de ser estadounidenses con plenos derechos o soberanos con plenos derechos, pero esta cosa híbrida, como que no es bebida de chicha ni de limonada. No es saludable estar suspendido entre dos mundos. Van a la guerra pero no votan por el presidente. Eso me aflige. No se puede tener unos derechos y otros no”.

Durante su reciente cobertura de la guerra civil siria, considerado en estos momentos como el país más peligroso para los periodistas, Jon Lee visitó los fértiles campos de Mara. Él y sus acompañantes estaban en el techo de una casa desconchada por la artillería del ejército sirio, cuando tuvo que tirarse al suelo. Le había pasado cerca el silbido de un proyectil que estalló en una casa vecina. Jon Lee Anderson, para quien el valor es una cualidad que se gana o se pierde según la situación, dice que haber estado antes cerca de las balas es precisamente lo que le da valor de permanecer en el frente.

Pocos días después de su visita a Alepo, moría la periodista Mika Yamamoto, alcanzada por fuego del ejército. “No puedo sostener esto en un tribunal, pero casi estoy seguro de que la mataron a propósito. Si ves el video ella está en una parte concurrida. Hay rebeldes armados cerca y a ella es la que le da la bala”, dice el reportero. “La respuesta de los gobiernos en su flaco sistema legal y moral, ante un mundo en el que cada vez hay más información y menos secretos, es acorralar a los periodistas. Mantener el hermetismo”.

Una de las formas de ahorrarse riesgos es evitar las muchedumbres que se forman en los escenarios de muerte. “A mí me inspira mucho temor las turbas descontroladas del mundo islámico, como uno es obviamente un gringo, rápidamente te puedes convertir en su blanco. Ante una turba no puedes hacer nada. Yo respondo según la experiencia. Pero el miedo uno lo trata de controlar con malabarismo”.

Un remolino de verdugos

Franja de Gaza, 1987. Una muchedumbre protesta, durante la Primera Intifada, contra soldados israelíes que ocupan el territorio y quieren destruir una mezquita. Los locales defienden el templo lanzando pedradas y a cambio reciben fuego del invasor. Cae un chamaquito. Jon Lee Anderson va al hospital a reportar lo acontecido y lo ve morir. Entonces sale a la calle y la turba no puede diferenciar al periodista gringo de un israelí. Lo arrastraran hasta un barrio, y lo ponen contra una pared. El reportero recuerda que sus 20 o 30 captores lo miraban con ojos encendidos de ira mientras recogían del suelo piedras y ladrillos. Sabía que lo iban a lapidar y no había nadie allí que lo reconociera para aclarar el malentendido.

De pronto, alguien gritó algo, y pensó que estaba a salvo. Lo subieron a empellones a un minarete. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Por qué hacían eso con Jon Lee? Lo único que entendía era que lo estaban usando como escudo humano. Al rato, lo entregaron a otros hombres armados con cuchillos, que lo llevaron a un camino de tierra.

“Esos eran mis verdugos. Los habían asignado para matarme. Yo hice un último esfuerzo para explicar quién yo era. Levanté la cámara y volví a repetir en árabe la palabra ‘periodista’, y hubo un instante de incertidumbre”. Entonces se le presentó una oportunidad única. Uno de sus verdugos cometió el error de soltarle la camisa por unos segundos. Jon Lee Anderson corrió calle abajo tratando de salir del laberinto, y cuando estaba a punto de llegar a la boca de la calle principal, un soldado israelí lo golpeó con la culata de su rifle. “No recuerdo ni dónde medio, no sé si fue en las costillas. No podía entender lo que estaba pasando por la adrenalina”.

En agosto pasado, Jon Lee Anderson había decidido desenchufarse brevemente de las historias de la guerra. Se había ido con su esposa y tres hijos a la isla hawaiana de Maui, donde residen sus dos hermanas, para tomar unas vacaciones. Entonces se enteró de que había comenzado a caer el régimen del libio Muamar el Gadafi. Tuvo que explicar a sus hijos que necesitaba echar a perder las vacaciones, porque tenía que llegar a tiempo a la caída de Trípoli.

Tomó un avión de Maui a Phoenix, de ahí a Londres, Ginebra y Túnez, donde lo esperaba un amigo, para ir hasta tocar la frontera con Libia. Se encomendó a un contrabandista que le llevó a un país que ahora muchos llamaban ‘Libia liberada’. Los rebeldes habían tomado el palacio de Gadafi, en la ciudad no había ni agua ni electricidad, y en los caminos los cuerpos eran juguete de las moscas.

Cuando viajaba por el desierto camino a Trípoli, había sonado el celular. Era su amigo Héctor Feliciano, que lo llamaba para terminar unos detalles sobre una publicación que dirige sobre el Nobel García Márquez, en la que Jon Lee participa. A pesar de estar recorriendo los escenarios de la muerte y de encontrarse en los momentos definitivos para la historia, sabe cambiar de escenario, refrescar la cabeza, sintonizar con el otro mundo real. “La vida sigue igual. A veces me tocó llamar a casa desde Bagdad y hablar con mis chicos sobre sus tareas de la escuela y sobre lo que habían comido en la cena”. El próximo martes, en el Museo de Arte de Puerto Rico, sacará un tiempo para responder las preguntas de los que asistan a su conferencia magistral.