Puerto Rico exporta personas con adicciones

La Policía de Puerto Rico y los alcaldes facilitan el traslado de usuarios de droga a Chicago y a otras ciudades de Estados Unidos con promesas de vivienda y tratamiento que no se cumplen. En los pasados nueve años, son más de 700 los que han salido sin boleto de regreso, revela investigación en la que colaboró el Centro de Periodismo Investigativo.

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Un usuario demuestra cómo preparar una jeringuilla con heroína. Foto por Adriana Cardona-Maguigad

Un usuario demuestra cómo preparar una jeringuilla con heroína. Foto por Adriana Cardona-Maguigad

Todo empezó hace aproximadamente un año cuando comencé a notar que había varios hombres deambulando en el vecindario de Chicago en donde trabajo. Back of the Yards es una comunidad que enfrenta algunas de las problemáticas más difíciles de la ciudad: desempleo, delincuencia y uso de drogas.

A muchos de estos hombres los encontré sentados por ahí o rondando en las calles, muchas veces pidiendo dinero. Un día, le pregunté a uno: “¿De dónde eres?” Me contó una historia que después escuché una y otra vez.

Me dijeron que eran Puerto Rico. Eran adictos a la heroína y terminaron en Chicago porque alguien en Puerto Rico los llevó al aeropuerto y los puso en un avión con un boleto de ida a Chicago.

Les prometieron un grandioso lugar de rehabilitación, con los mejores servicios y mucho personal médico. Uno de ellos es Ángel, un hombre de baja estatura y tez oscura. Le faltan la mayoría de los dientes de arriba. Dijo que llegó a Chicago desde Puerto Rico hace siete años en busca de ayuda para dejar su adicción a la heroína.

“Yo no vi nada”

“Alguien le dijo a mi familia que era un centro en Chicago que tenía enfermera, tenía piscina, tenía medicamentos; cuando llegué, yo no vi nada”, dijo.

Ángel. Foto por Bill Healy.

Ángel. Foto por Bill Healy.

Ángel aseguró que cuando aterrizó en Chicago fue recibido en el aeropuerto y llevado a un lugar que definitivamente no tenía piscina. El lugar no contaba con trabajadores sociales o doctores. Más bien, era un edificio deteriorado con otros adictos que trataban de mantenerse “limpios”, durmiendo sobre colchones sucios en el piso, tratando de dejar la droga de una vez.

Otros me contaron algo que era difícil de creer. Dijeron que fue la policía de Puerto Rico quien los había llevado al aeropuerto y puesto en el avión con rumbo a Chicago.

¿Y el boleto de ida? Algunos de los hombres mencionaron que si alguien no contaba con los recursos para viajar, su alcalde o cualquier otro funcionario les ayudaba a comprar el boleto.

He sido periodista en este vecindario durante cinco años y no podía creer que esto estaba ocurriendo aquí, justo al salir por mi puerta.

Quería encontrar a más personas en esta situación. Recordaba haber visto a varios de estos hombres en la calle, vendiendo perfumes, baterías o medias por la calle 47. Resulta, que muchos de ellos también eran de Puerto Rico.

En tan sólo unos meses, conocí a 23 puertorriqueños con similares historias.

¿Alguien más ha escuchado estas historias?

Necesitaba averiguar quién más sabía de esto. Llamé a organizaciones para deambulantes, albergues, centros oficiales de rehabilitación de drogas, a los concejales locales, expertos en política de drogas y nadie había oído hablar de lo que los hombres me estaban describiendo.

Hasta que contacté a José Álvarez, quien ha estado trabajado con usuarios de jeringas en Chicago durante 11 años y había oído la misma historia que yo escuché, de usuarios en Humboldt Park.

“Pensaban que iban a tener su propia habitación, un lugar bonito y con calefacción en el invierno”, dijo Álvarez. “Incluso unos de ellos dijeron que algunos de estos lugares tenían piscinas”.

Álvarez también es de Puerto Rico. Trabaja como administrador de casos con Community Outreach Intervention Projects, un programa de prevención de VIH y hepatitis de la Universidad de Illinois de Chicago.

Hace unos cuantos años, encontró una de las residencias cuando estaba tratando de hacer actividades de alcance comunitario y pruebas de VIH entre los usuarios.

José Álvarez recoge jeringuillas. Foto por Adriana Cardona-Maguidad

“Estaba oscuro, húmedo y sucio”, dijo Álvarez. “No sólo eso—vimos a un par de ratones corriendo por el suelo”.

Aunque Álvarez sabía que esto sucedía, no tenía idea de cuántos puertorriqueños habían sido enviados allí.

Así que después de nuestra conversación, pasó cuatro días visitando hospitalillos y esquinas oscuras al oeste de la ciudad y en Humboldt Park.

“También fui al sur del parque, por todo Chicago, alrededor de [la Calle] Division hasta el oeste”, dijo.

En todos esos lugares, Álvarez escuchó la misma historia que yo, de la boca de 93 personas en cuatro días. “Y estoy seguro de que por toda la ciudad, las cifras son mucho mayores, porque estas son sólo las personas que estaban en el área de Humboldt Park y la mayoría termina en Back of the Yards y Pilsen, La Villita”, dijo.

Oculto a simple vista

Le pedí a Carlos, uno de los primeros muchachos que me contó su historia, que me mostrara uno de los lugares de rehabilitación a donde había ido.

Casi todos los hombres con los que hablé en Back of the Yards también llegaron al mismo sitio. El lugar se llama Segunda Vida. Carlos dijo que se ubicaba en la Calle 50 y la Avenida Ashland, pero el lugar es difícil de encontrar, casi como oculto. Finalmente, vi un pequeño letrero en una ventana del segundo piso. Era una versión del logo de Alcohólicos Anónimos (AA).

Segunda Vida está en el segundo piso de un deteriorado edificio. Se ubica entre un estacionamiento y una casa de empeño, sobre la concurrida calle.

La primera vez que traté de visitar, pasé por una puerta estrecha y subí unas escaleras empinadas. En la planta alta había una sala abierta donde varios hombres pasaban el tiempo, fumando cigarrillos. Me indicaron que tenía que irme. Pero regresé una y otra vez. Pedía hablar con la persona encargada. En repetidas ocasiones me dijeron que llamara después o que regresara otro día.

Pero lentamente, comencé a atar cabos. Estos lugares son programas informales de tratamiento de drogas que atienden a los hispanos que hablan español. Algunas familias mexicanas los conocen y envían allí a sus familiares con problemas de drogadicción o alcoholismo. Se hacen llamar los grupos de 24 horas porque están abiertos todo el día.

Los adictos duermen allí, comen allí y no pueden irse durante los tres primeros meses.

Si manejas por partes de la Avenida Western o Cermak Road en Chicago, se pueden ver los edificios. La mayoría tienen el “24 horas” escrito en sus letreros, al lado del logo de AA.

Grupo Renacimiento. Foto por Adriana Cardona-Maguigad

Grupo Renacimiento. Foto por Adriana Cardona-Maguigad

Hice una llamada a la sede de Alcohólicos Anónimos; una representante me indicó que ellos no tienen nada que ver con esos lugares de rehabilitación. Dijo que AA no ofrece tratamiento, vivienda transicional o servicios sociales. Su único propósito es ofrecer apoyo a las personas que están tratando de dejar la bebida.

Verifiqué en 14 de estos lugares para ver si contaban con licencias del estado. Pero ninguno las tenía.

Hablé con Joseph Lokaitis, administrador de servicios públicos con DASA, la División de Alcoholismo y Abuso de Sustancias bajo del Departamento de Servicios Humanos, pero alegó que no tenía idea que estos grupos de tratamiento no oficiales existían. “No [sabía] de lo que usted describió”, dijo Lokaitis. “Me parece que es sorprendente. No es algo de lo que yo tenga conocimiento”.

Acudí al Departamento de Planificación y Desarrollo de la ciudad, el cual otorga los permisos para los centros de tratamiento residenciales. No tenían registro alguno. Solicité información del Departamento de Edificios de Chicago y había muchas violaciones y quejas asociadas con los domicilios donde algunos de los grupos de tratamiento se albergan. Las instalaciones surgen de vez en cuando. Son operadas por ex adictos y son fáciles de cerrar, mover y reubicar.

Buscando a Manuel

A medida que averiguaba más sobre estos grupos, seguía encontrando a más gente, hombres y mujeres, en las calles con una historia similar. Como Manuel, un hombre alto y delgado cuyo nombre real no revelamos para proteger su identidad. Sólo puede ver por un ojo y a menudo se queda con la mirada perdida en el espacio.

Le pregunté si vino a Segunda Vida. Dijo que sí, que había estado aquí por dos semanas. Parecía asustado. Se veía perdido, solo y preocupado por el invierno.

Me contó lo que muchos de los otros muchachos me habían contado: el ‘tratamiento’ allí consistía mayormente de gritos y comportamiento duro.

Cuando Manuel salió de Segunda Vida, dejó su identificación y otros documentos. Dijo que trató de recuperarlos, pero no se lo permitieron.

Me ofrecí a acompañarlo a conseguir sus documentos. Ese sábado por la tarde mientras caminábamos hacia Segunda Vida, mi corazón se aceleraba. Sentí que Manuel estaba nervioso también. Subió por las escaleras empinadas; lo seguí muy de cerca. Cuando la gente me vio subir con un micrófono, nos bloquearon arriba. Manuel pidió sus documentos.

Un hombre nos pidió que saliéramos, que necesitábamos esperar afuera. Más personas subieron por las escaleras, rodeándonos. Todo el mundo estaba tenso.

Yo les dije que no me iría hasta que me entregaran los documentos de Manuel. “No, en primer lugar, estamos aquí para que pueda conseguir sus papeles”.

Un participante del grupo seguía insistiendo en que teníamos que esperar afuera y que no íbamos a poder entrevistar o hablar con nadie de Segunda Vida.

“¿Usted sabe por qué vengo aquí?” dijo un hombre del grupo. “Porque tengo problemas, es por eso que es anónimo. Por eso venimos aquí, a liberar nuestra presión. No podemos hacerlo frente a usted porque no nos entendería”.

Finalmente, alguien le entregó a Manuel un sobre blanco con algunos documentos, pero su identificación no estaba.

Tras otra tensa espera, alguien salió en medio de la conmoción y le entregó la identificación a Manuel. Otras personas estaban subiendo las escaleras. Sabíamos que teníamos que salir de allí. Una vez que salimos, algunos de los hombres nos siguieron y nos observaron desde la acera.

Entre los documentos estaban el boleto de ida de Manuel y una copia de su expediente médico, donde me enteré que es VIH positivo, lo que fue una gran sorpresa. ¿Personas enfermas están siendo enviadas a miles de millas de distancia de su hogar a lugares de rehabilitación de drogas sin licencia en Chicago?

Segunda Vida, ubicado en un segundo piso. Foto por Bill Healy

Ventana del edificio donde está Segunda Vida. Foto por Bill Healy

Grupos 24 horas

Una semana después recibí la llamada del líder de Segunda Vida, un hombre mexicano de nombre Efrén Moreno. Fue a mi oficina un viernes por la tarde del mes de julio a discutir el asunto.

Usaba pantalón de mahón y una camiseta. Cuando observó que estaba grabando, me pidió que parara. Moreno aseguró que fue a un grupo de 24 horas en Wisconsin. Luego se mudó a Chicago e inició su propio grupo en Back of the Yards.

Ese grupo se llamaba Vida, solía estar ubicado en la esquina de la Calle 48 y la Avenida Winchester. El grupo se disolvió y Moreno continuó con Segunda Vida. Según Moreno, en 2006, un hombre fue apuñalado de muerte una noche durante una reunión del grupo. La información fue confirmada por los registros policiacos.

Durante nuestra reunión, le mencioné a Moreno que había notado un aumento de puertorriqueños viviendo en las calles. Y muchos de ellos dijeron que fueron a Segunda Vida para rehabilitarse. También le mencioné que muchos se van debido al mal trato.

Alexis, quien utiliza un nombre diferente para proteger su identidad, llegó con Moreno. Me interrumpió y dijo que su recuperación fue gracias a la disciplina que recibió en el grupo.

Al igual que él, muchas personas dicen que han dejado sus adicciones debido a los grupos de 24 horas. Algunos dijeron que los insultos y el lenguaje brusco son parte de un enfoque que funciona. Dicen que las personas que no han luchado contra las adicciones no pueden entenderlo.

Moreno dijo que el brusco lenguaje es necesario para ayudar a los usuarios a hacer frente a sus demonios. Confirmó otros detalles del programa. Y dijo que en algunas ocasiones, se han reportado identificaciones robadas.

Pero su visita me dejó con más preguntas que respuestas. Por ejemplo, ¿cómo se financia este grupo? ¿Cómo saben si es efectivo? Moreno y otros miembros de Segunda Vida dijeron que se sienten orgullosos del hecho de que no reciben fondos del gobierno. También dijeron que su grupo no recibe contribuciones de otras entidades.

Un sábado por la noche fui a El Grito Desesperado en la Avenida Cermak. Al igual que Segunda Vida, las puertas de aquí no tenían seguro. El olor a cigarrillo era abrumador. Al lado derecho de la habitación había un cuadro de un hombre arrodillado rodeado de demonios, con una iglesia en el horizonte.

Otros cuadros tenían mensajes de superación personal o detallaban los 12 pasos para la recuperación. Me senté en primera fila mientras alguien en el podio compartía su testimonio.

Grupo El Grito. Foto por Adriana Cardona-Maguigad

Grupo El Grito. Foto por Adriana Cardona-Maguigad

Gente de afuera entraba a comprar cigarrillos de un pequeño mostrador en la parte trasera. Era una constante distracción para los que estaban tratando de escuchar. Pero parecía que a nadie le molestaba. El Grito Desesperado y otros grupos cuentan con un modelo similar al de Segunda Vida.

Según Moreno y los otros hombres y mujeres a los que entrevisté, los usuarios viven aquí por un periodo de tiempo que va de los 45 días a los tres meses. Durante ese tiempo, no pueden salir. Después de eso, tienen que encontrar un empleo y pagar tarifas semanales de entre $50 y $75 dependiendo del grupo.

Pero cada grupo es diferente y tiene sus propias reglas. Algunos dijeron que en esos grupos de 24 horas los adictos tienen que cuidarse entre sí mientras pasan por el proceso de desintoxicación. Y utilizan remedios caseros, como poner una cebolla en la boca de la persona, o verter alcohol en sus ombligos para ayudarse a lidiar con los síntomas, especialmente entre los participantes que se están desintoxicando del alcohol.

Durante mi visita a El Grito Desesperado, conocí a una mujer de Indiana que ha tratado de superar su adicción a las drogas por varios años. Pidió no ser identificada. Dijo que los grupos funcionan para algunas personas, pero los usuarios deben saber en lo que se están metiendo.

“Lo único que puedo decir es que cuando envían a personas de Puerto Rico les deberían decir lo que es porque es un programa de autoayuda”, dijo. “Si te envían de Puerto Rico o de donde sea y vienes a un lugar donde no quieres, no sabes nada ni sabes si quieres estar limpio o no y viniste porque la policía te mandó, no vas a querer, vas a acabar en las calles de Chicago y vas a terminar drogándote”.

De la misma forma que algunos adictos actuales y otros que ya se fueron se mantuvieron involucrados con su programa, ella mencionó que los grupos únicamente funcionan para los que están listos para hacer un verdadero cambio en sus vidas. Otros ex adictos con los que hablé dijeron que el mal trato y las condiciones de vivienda los ayudaron a apreciar lo que alguna vez tuvieron.

Pero inclusive cuando esos hombres compartían sus historias de éxito, seguía conociendo a más puertorriqueños deambulantes. Así que decidí que tenía que ir a Puerto Rico para obtener más respuestas.

Una isla de belleza natural

Puerto Rico es un lugar cautivador. La isla es un estado libre asociado de los Estados Unidos y es conocida por sus maravillas naturales.

En una noche cualquiera, los ecos de la salsa viajan por las estrechas aceras del Viejo San Juan.

Pero lejos de la atmósfera festiva, se esconde un lado oscuro. Puerto Rico se ubica entre el Mar Caribe y el Océano Atlántico. Es un puerto clave para las drogas ilegales provenientes de Sudamérica a los Estados Unidos. Y la drogadicción entre los puertorriqueños se ha convertido en uno de los grandes problemas de la isla.

Para prestar servicios a los usuarios de drogas que necesitan servicios, organizaciones comunitarias, agencias locales e incluso funcionarios del gobierno están creando sus propias estrategias.

Los lunes por la noche estudiantes de medicina de la Universidad de Puerto Rico en San Juan se acercan a los drogadictos que viven en las calles en las inmediaciones del distrito médico. Ese es uno de varios proyectos inspirados por Iniciativa Comunitaria, una organización no lucrativa que ofrece servicios de desintoxicación y tratamientos de rehabilitación de drogadicción en la isla.

'La Ronda', programa de voluntarios impulsado por Iniciativa Comunitaria (IC). Foto tomada de la página de IC.

‘La Ronda’, programa de voluntarios impulsado por Iniciativa Comunitaria (IC). Foto tomada de la página de IC.

Los estudiantes ofrecen primeros auxilios básicos a los deambulantes, incluyendo a usuarios de drogas intravenosas que han desarrollado úlceras cutáneas. El pasado mes de junio, los seguí por una noche mientras realizaban sus rondas.

Sahily Reyes es estudiante de doctorado en la Universidad de Puerto Rico. Está con un grupo llamado Recinto pa’ la Calle. Cada semana los estudiantes cargan dos vehículos con ropa, alimentos y productos de higiene personal.

En una de sus paradas conocí a un joven, Louis Reyes Muriel. Estaba tirado en el piso, frotándose loción para bebés sobre las piernas casi como si se preparara para ir a dormir. Dijo que oficiales del municipio de Bayamón lo enviaron a uno de los grupos de 24 horas sin licencia en Chicago.

“En primer lugar, a mí el gobierno me pagó el pasaje”, dijo Reyes Muriel. “Pero lo primero que te dicen es que vas a ir a un hotel de cinco estrellas, con piscina y todo, pero cuando llegas: Alcohólicos Anónimos”.

Varios puertorriqueños que había conocido en Chicago dijeron que también fueron enviados a Chicago por el mismo municipio. Pero no pude verificar con el municipio de Bayamón si alguien de allí ayudó a enviar a usuarios a Chicago. Le llamé y le envié faxes al municipio, pero nadie respondió a mis solicitudes para obtener más información.

Louis Reyes Muriel. Foto por Adriana Cardona-Maguigad.

Louis Reyes Muriel. Foto por Adriana Cardona-Maguigad.

Reyes Muriel dijo que abandonó el grupo y vivió en las calles de Chicago, principalmente alrededor del área de Humboldt Park. Logró regresar a la isla y estaba viviendo en las calles de San Juan cuando hablé con él.

Durante mi estancia en Puerto Rico, era claro que nadie ocultaba el hecho de que los adictos a veces son enviados o referidos a los Estados Unidos para recibir servicios.

Mientras que algunos municipios cuentan con programas que tienen como fin conectar a los usuarios de drogas a servicios, el programa más grande llamado de Vuelta a La Vida es manejado por la Policía de Puerto Rico, y conecta a los adictos a servicios de adicción dentro y fuera de la isla.

Oprime sobre los puntos rojos para ver la información detallada del programa de 
la Policía, 'De vuelta a la Vida' para 2005-2014. Las regiones policíacas de Carolina y Fajardo no aparecen en el mapa porque según los datos obtenidos, no enviaron personas al exterior bajo este programa.

“Ya se está logrando ese éxito”

Fui a un evento comunitario en La Perla, un pequeño barrio al norte del Viejo San Juan. La comunidad es señalada como un lugar donde se mueve constantemente la venta de drogas.

Me topé con el gobernador de Puerto Rico, Alejandro García Padilla y le pregunté acerca del programa De Vuelta a la Vida.

Padilla dijo que ha sido una iniciativa exitosa. “Hemos logrado que muchas personas que se habían apartado de las posibilidades del éxito regresen con posibilidades de éxito y alcanzando el éxito”, dijo. “En muchos casos, personas deambulantes, personas adictas”.

El gobernador, Alejandro García Padilla, juega baloncesto en el barrio La Perla. Foto por Adriana Cardona-Maguigad

El gobernador, Alejandro García Padilla, juega baloncesto en el barrio La Perla. Foto por Adriana Cardona-Maguigad

Le dije al gobernador que algunos de los adictos que fueron enviados a Chicago acaban deambulando en una ciudad desconocida. García Padilla añadió luego que deberían buscar ayuda adicional en Chicago, que hay ayuda disponible.

“Sé que el alcalde Emanuel de Chicago y el gobernador Quinn de Illinois tienen muchos programas, muy exitosos”, dijo García Padilla el pasado mes de junio. “Que busquen ayuda. En Puerto Rico los queremos. Son nuestros hermanos y aquí tendrán ayuda y sé que la tienen allá con Rahm Emanuel y con Quinn”.

No sólo el gobernador de Puerto Rico estaba orgulloso de De Vuelta a la Vida. La policía también estaba orgullosa.

Me reuní con la agente Loribi Doval Fernández, coordinadora de De Vuelta a la Vida. Me indicó que los oficiales de la Policía le informan a los adictos sobre los programas de rehabilitación disponibles y a veces ayudan a que se envíen a los Estados Unidos.

“Los montamos en nuestro vehículo—claro está que es la patrulla—los llevamos al aeropuerto y hasta tanto el avión no sale y despega, entonces nos vamos”, dijo Doval Fernández.

Según otros funcionarios municipales de Caguas y Juncos e inclusive el fundador de De Vuelta a la Vida, el ya retirado coronel de la Policía de Puerto Rico Benjamín Rodríguez, si las familias no cuentan con el dinero para comprar un pasaje entonces a veces los alcaldes u otros funcionarios los ayudan a conseguir el dinero. Le pregunté a Doval Rodríguez: ¿cuántos adictos han sido enviados fuera de la isla, incluyendo a Chicago?

Contestó que recibe los informes de esas cifras pero no los tenía a la mano. Luego, pregunté, ¿cómo se establecen las conexiones con los grupos de rehabilitación en Chicago y otras ciudades?

Aseguró que la policía de De Vuelta a la Vida ha recibido información de los grupos por boca de otros, de trabajadores sociales y familiares que dicen, “Mira conozco esta casa de rehabilitación. Mi hijo está rehabilitado”.

Luego pregunté: ¿Ha corroborado con las agencias gubernamentales de Illinois o Chicago sobre estos grupos? ¿Están certificados?

Afirmó que los familiares de los adictos son responsables de corroborar los servicios de rehabilitación y que el lugar a donde vayan cuente con licencia y sea efectivo.

Y una vez que la persona sale, ya no son responsabilidad del gobierno de Puerto Rico. “El participante llena un relevo de responsabilidad y a ellos se les orienta y se les informa que es [un programa] fuera de Puerto Rico y que nosotros ya no podemos darles seguimiento”, dijo Doval Fernández. “Hay muchas veces que nosotros también llamamos para verificar, pero es lo menos porque ya ahí se responsabiliza al familiar del participante”.

Policía estatal en Caguas. Foto por Adriana Cardona-Maguigad

En primer plano el agente León, adscrito a la Policía de Puerto Rico en Caguas. Foto por Viviana Bonilla López

Después de mi entrevista con Doval Fernández, envié varias solicitudes pidiendo datos del programa mediante faxes, correos electrónicos y llamadas telefónicas, pero no obtuve respuestas.

Cientos dejan la isla

Finalmente, mediante presión legal por parte del Centro de Periodismo Investigativo en Puerto Rico, la policía me dio algunas cifras. En la última década, la policía puertorriqueña dice que el número de “participantes trasladados a los Estados Unidos proporcionado por las áreas policiales del año 2005 a 2014” es de 758 personas. De esas, 120 llegaron a Chicago.

Rafael Torruella es el director de Intercambios Puerto Rico, un programa de intercambio de jeringuillas para usuarios de drogas en la isla. Escribió su tesis sobre los usuarios de drogas que son enviados fuera de la isla para obtener tratamiento. Le mostré las cifras enviadas por la policía.

Comentó que la policía no ha recopilado suficientes datos. “Cuántos usuarios de drogas son enviados cada año, por ejemplo. Y ¿quién realiza los seguimientos? Creo que las cifras en los documentos que me envió usted parecen más una subestimación de lo que ha estado ocurriendo”, dijo.

Torruella, que también es doctor de psicología social con un post doctorado del Instituto Nacional del Abuso de Drogas, dijo que esto está ocurriendo más allá de Chicago.

“Está Carolina del Sur, Wisconsin, Nueva York, Boston”, dijo Torruella. “Entre más preguntas, más ves que esto ha estado ocurriendo por mucho tiempo”.

Otra importante pregunta que no ha sido respondida por la policía en Puerto Rico, dijo, es, “¿Sabemos con certeza que están siendo enviados a lugares que están certificados como programas de rehabilitación de drogas o acaso es sólo una casa de servicios de tratamiento para la drogadicción—que desaparece de la noche a la mañana—que fue construida para explotar a los usuarios de drogas?

Presenté peticiones formales de información a los municipios de Juncos, Caguas y Bayamón—tres lugares de donde son originarios los usuarios que conocí en Chicago. ¿Cuántas personas son enviadas a Chicago cada año? Sólo Juncos respondió con información.

De 2007 a 2013 tan sólo ese municipio envió a 259 usuarios a ciudades en los Estados Unidos, y aproximadamente el 56 por ciento de ellos llegaron a Chicago. El alcalde de Juncos confirmó que su oficina ha ofrecido ayuda financiera a aquellos que no pueden costear el pasaje. Los funcionarios de Caguas dijeron que han enviado a 25 personas a Chicago en los últimos tres años, y no respondieron a mi solicitud para obtener datos de años anteriores.

El programa de Bayamón, Nuevo Amanecer, no respondió a las numerosas solicitudes de información. Y esos son sólo algunos de los muchos programas municipales o agencias locales que trabajan con la policía o los gobiernos municipales para enviar a adictos a servicios fuera de la isla.

Una advertencia contra el envío de los adictos fuera

El único funcionario puertorriqueño con el que hablé que parecía saber la realidad de los lugares de rehabilitación sin licencia, de hecho, salió del gobierno el año pasado.

Fue asesor de asuntos de adicción para la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción de Puerto Rico conocida como ASSMCA.

El Doctor Ángel González envió un comunicado de prensa el año pasado donde se advertía a la ciudadanía sobre los centros de tratamiento sin licencia fuera de la isla. Fue dado a conocer el 14 de enero de 2014 y leía:

“Ante la escasez de tratamiento que enfrenta Puerto Rico algunas personas, familias o entidades han optado por trasladar personas con trastornos de uso de sustancias a organizaciones ubicadas principalmente en los estados del este de Estados Unidos, sin obtener información sobre las cualificaciones de dichos centros. Hay evidencia científica y periodística sobre personas que han sido ingresadas en residenciales sin facilidades y servicios adecuados por lo que han decidido abandonar el servicio sin poder recuperar sus credenciales (licencia de conducir, tarjetas de seguro social o electoral, Medicaid, etc.)”

El comunicado continúa diciendo que en muchas ocasiones, estos participantes se encuentran fuera de Puerto Rico sin hogar y sin documentación para poder acceder a otros servicios gubernamentales o sin los recursos para regresar a la isla.

Le pregunté si sabía de algún dato que indicara que es efectivo tratar a los usuarios de Puerto Rico enviándolos fuera de la isla.

“Creo que no hay ningún dato”, dijo González. “Básicamente esto se hace debido a la escasez de oportunidades de tratamiento en la isla. Y las familias desesperadas que acuden a los alcaldes y dicen ‘hemos tratado de todo en la isla con nuestro hijo o hija’, ‘ayúdenos’.”

Al igual que González, otros expertos con los que hablé en Puerto Rico dijeron que si todos los drogadictos de la isla buscaran los servicios allá, sólo un pequeño porcentaje pudiera obtener servicios de calidad. Afirmó que únicamente hay seis lugares en la isla donde una persona puede recibir metadona. Para mucha gente, el lugar más cercano no está del todo cerca.

“Es un gran problema y no se va a resolver enviando a personas a estos programas no acreditados en los Estados Unidos”.

Una alarmante solución a un problema lejano

Al fin encontré algunas respuestas. Los usuarios de heroína puertorriqueños acaban en las calles de Chicago como parte de una respuesta cuestionable a un abrumador problema que ocurre en otra parte y parece que que no se detendrá pronto.

El pasado mes de diciembre conocí a una joven mujer afuera de mi oficina en una noche helada. Era hermosa, también de Puerto Rico. Cejas perfectas, ojos brillantes, dientes blancos y parejos.

Al igual que otros usuarios con los que había hablado, dijo que fue enviada por las autoridades municipales de Bayamón. Dijo que había estado en al menos seis grupos de 24 horas en Chicago desde que llegó.

Contó que tras ser humillados en las calles, los usuarios como ella acaban en grupos de 24 horas sólo para que les griten y ser insultados. No fue lo que ella esperaba. Y en lugar de ayudarla, la han alejado aún más de su recuperación.

Escucha el podcast aquí:
 

 

Traducido por Mónica Reynoso. Bill Healy y Kari Lydersen así como el Centro de 
Periodismo Investigativo colaboraron con esta historia. Jesse Dukes produjo la 
pieza de audio. Agradecimiento especial a Viviana Bonilla Lopez y Wayne Rydberg.​
Este reportaje fue publicado originalmente en WBEZ.org.
Para más información, siga el desarrollo de esta historia en This American Life.
  • Carlos Coste Martinez

    El “Marielito” boricua!! Y con pasaporte americano!!!