“Los Buitres”, de Carlos Burgueño

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Portada del libro 'Los Buitres' de Carlos Burgueño.

Portada del libro 'Los Buitres' de Carlos Burgueño.

En el libro “Los Buitres. Historia oculta de la mayor operación financiera contra la Argentina”, Carlos Burgueño se adentra en los pormenores de las compras de bonos de deuda argentina por parte de los llamados “fondos buitre”. ¿Quiénes son? ¿Cómo lograron poner en jaque el sistema financiero? ¿De qué forma el fallo del juez Thomas Griesa impacta en la economía mundial? Burgueño nos acerca los detalles de, en sus palabras, “una batalla legal, económica, política y social por medio mundo, cuya resolución quedará en la historia internacional de las finanzas”.

¡Son buitres!

Es un jueves de noviembre de 2001 cálido y soleado. Cristian Serantes Lezica no da más. Son las 17 horas y se siente agotado. Está trabajando desde las 8:30 frente a su pantalla y con el incómodo teléfono de la mesa de dinero atornillado a la oreja izquierda. Antes había sucumbido la derecha. Nunca entendió cómo, manejando millones de dólares, los altos ejecutivos que se dedicaban a comprar y vender bonos, acciones y cualquier otro instrumento por el mundo desde un escritorio, conservaban la tradición de usar esos teléfonos cuadrados tan molestos. Lo consolaba saber que sus pares de Wall Street, Londres o París, se quejaban de lo mismo. Cristian ya no tiene argumentos para explicar qué es lo que está sucediendo en la Argentina y por qué. Siempre reconoció que mentir es parte de su trabajo, se sabía bueno en eso, pero esto era demasiado. La primavera que les había augurado a sus clientes unos meses antes se derrumbaba a la par de la caída de los precios de los títulos públicos de la deuda argentina.

Los argumentos que encontró alguna vez en las enseñanzas de la facultad de Economía de la Universidad de Buenos Aires primero y en su master en Princeton después, más sus sólidos contactos con algún que otro compañero de estudios en el Ministerio de Economía, ya no le sirven. Sus conocimientos le permitieron vivir un último veranito en el año 2000 con la venta a los inversores de un megacanje fallido, y otro, más breve, hacía dos meses cuando Domingo Cavallo ya en el Ministerio de Economía había lanzado el novedoso impuesto al cheque (técnicamente a los débitos y créditos bancarios); una novedad que en teoría duraría sólo un tiempo y luego se iría eliminando gradualmente cuando el país volviera a crecer tapándole la boca a “los miopes de Wall Street”, según la promesa del Ministro. Cristian les explicaba a sus clientes que ese impuesto garantizaba todo, y que sólo faltaba una simple firma de confianza desde el Fondo Monetario Internacional (FMI) para que la Argentina de los cuatro climas volviera a ser una potencia.

Todo era inútil. Ya nada los convencía. Sólo recibía insultos cada vez más vehementes contra su persona, que ya empezaban a rozar a sus familiares. Una sola palabra atormentaba su cada vez más débil, casi raquítica, cartera de clientes: “Vendé, al precio que sea, pero vendé; ya me hiciste perder demasiado”. “¿Esto es lo que me habías prometido?, vendé ya.” “No quiero oírte más, al costo que sea, pero vendé.”

Las frases retumbaban en la oreja izquierda de Cristian, y en las oficinas del microcentro porteño del banco internacional, que lo trajo como estrella desde Wall Street pocos años atrás, sólo se percibía el desasosiego generalizado. Hacía días que su jefe había sido expulsado de la compañía por no haber logrado los resultados prometidos; y él anticipaba para sí mismo un final similar. Ya estaba separado de su mujer, que no le perdonó ni el regreso de Estados Unidos ni sus infidelidades de yuppie porteño. Tiene dos hijos que sólo ve cuando el abogado puede negociar con los colegas de su ex. La promesa fallida de una vida de ejecutivo VIPen una Buenos Aires floreciente al ritmo del uno a uno era ya un recuerdo lejano y triste, Cristian ya no creía en un futuro venturoso con las elecciones personales que había hecho hasta ese momento. Se veía en poco tiempo buscando alguna oportunidad fuera del país, quizá de nuevo en Nueva York, en solitario. Quizá en España, donde todo parecía que iba viento en popa.

Él sabía casi como nadie, ya que su función era analizar bonos de la deuda argentina, que la situación no daba para mucho más y que el final era inevitable. No podía terminar de conformar en su mente cuál sería la decisión última de ese Ministerio de Economía donde tenía amigos que le brindaban información calificada, pero sí que su objeto de venta, los títulos de la deuda, serían el objetivo de esa medida. Más concretamente, sabía que esos bonos del alguna vez fantástico Megacanje no serían pagados y que de forma inevitable caerían en default. Cristian, aún con algo de ética en su curriculum mental, cada día sufría más al intentar frenar las ventas como hemorragias de los bonos que hasta hacía poco tiempo ofrecía como maná.

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