La naturaleza causó la crisis más reciente en Puerto Rico, pero la política la empeora

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Juan Costa | Centro de Periodismo Investigativo

CIDRA, Puerto Rico

A dondequiera que miras, se ve la devastación que dejó el Huracán María. La gente está muriendo por la respuesta lenta a esta emergencia. Esta nueva crisis podría ser la definitiva para Puerto Rico, que ya ha tenido unas cuantas. Y mientras esta fue causada por eventos naturales, las decisiones políticas la están empeorando.

Más de una semana después de que el huracán de Categoría 4 y sus vientos de 155 mph azotaran a Puerto Rico el 20 de septiembre, el jueves pude salir por fin del campo donde vivo para ir a San Juan, en busca de noticias sobre mis compañeros de trabajo y mis familiares. Había estado sin internet ni televisión desde la tormenta, así que pensaba que mi área había sufrido los daños mayores. Pero al recorrer unas 30 millas por la autopista hasta San Juan, me di cuenta de que todo Puerto Rico está en grandes problemas.

Todos tenemos una historia que contar. Mis abuelos perdieron la casa que fue su hogar durante 40 años frente a las ráfagas de 200 mph de María. Su casa había resistido el Huracán Hugo en 1989 y el Huracán Georges en 1998. Mi propia casa, donde pasé las horas más aterradoras de mi vida adulta durante la tormenta, se inundó completamente. Por 10 horas tuvimos que turnarnos aguantando la puerta para que no se abriera, porque que el viento la halaba fuerte, al mismo tiempo que barríamos sin parar el agua que entraba por las rendijas y ventanas. Unos 50 árboles enormes cayeron en la carretera hacia mi casa, pero una brigada de 20 vecinos y familiares nos ayudaron a cortarlos para poder salir. Todas y todos nos habíamos sentido seguros, como residentes de un barrio de clase media y trabajadora, con casas de concreto en su mayoría. Pero en realidad se podía salvar de María.

Sin agua, sin electricidad, sin conexiones de internet ni teléfono. Más de una semana después del huracán, la mayoría de la gente en Puerto Rico seguía básicamente varada. Se anunciaron casi 20 muertes oficiales, aunque hay informes de que las muertes podrían ser al menos 10 veces más. La isla entera perdió la electricidad en la tormenta; el pasado jueves, casi nadie la había recuperado todavía. 

En hospitales y hogares de ancianos, la gente se está muriendo por la falta de medicinas y electricidad para equipos respiratorios, de diálisis y otros instrumentos vitales. Y seguirán muriendo hasta que los rescaten o se restablezca la electricidad.

Aquí hemos perdido el paraíso: puede que pasen muchos años antes de que volvamos a ver las las postales clásicas de Puerto Rico con palmas verdes. Nuestro paisaje de isla tropical, uno de nuestros mayores activos, ha cambiado —solo se ven árboles convertidos en ramas secas y arrancados de raíz. La naturaleza, tan generosa y resistente como es, no puede recuperarse rápido de un desastre así. Nuestro clima ya es diferente: ha desaparecido la humedad que se sentía normalmente por la vegetación abundante y densa de los bosques. No habrá ninguna campaña de publicidad fácil que pueda resolver los problemas de la industria turística de Puerto Rico.

Pero las consecuencias de esta crisis no serán las mismas para toda la población. Las personas más vulnerables — quienes incluso antes de María ya no tenían ni un centavo en sus bolsillos por la falta de empleo y los años de políticas de austeridad del gobierno — están ahora en peor situación que el resto. 

Aumentará la proporción de personas viviendo bajo el nivel de pobreza. Ya estaba en 43.5%  antes de la tormenta, cifra que es la peor de entre los estados y territorios estadounidenses. Las personas que quedaron sin techo por María buscarán maneras para que sus familias sobrevivan, y para algunas dormir bajo un puente puede que sea la única opción. Ya se oye en las calles: se acelerará la migración a EE.UU. continental, la cual ya había estado aumentando durante la última década de problemas económicos.

Tras 11 años de recesión económica y de crisis fiscal, causada por políticos incompetentes de los dos partidos políticos principales y por una estrategia económica pasada de fecha que llevó a la imposición por el Congreso de una Junta de Control Fiscal, Puerto Rico se enfrenta a una  situación dificilísima. No hay más parchos que puedan arreglar nuestros problemas.

La situación está poniendo a prueba al gobernador Ricardo Rosselló, que llegó al poder con la promesa de reformas y eficiencia gubernamental. La gente está perdiendo la paciencia con el proceso lento de distribución de combustible, el fallo de todos los sistemas de comunicación primarios y de emergencia, y la pérdida de vidas tras el huracán. El Presidente Trump dijo la semana pasada que Rosselló le había dicho que “todo el personal federal está haciendo un gran trabajo en Puerto Rico, y yo le agradecí que lo dijera. Y se lo está diciendo a todo el que lo quiera escuchar”. Pero claramente, la toma del control por las agencias federales no está corriendo con tanta fluidez como dicen los funcionarios.

Ahora Rosselló debe elegir entre simplemente ser quien reparta la ayuda federal durante el resto de su término en La Fortaleza o dirigir y establecer una estrategia económica sustentable y endógena para la isla y sus poblaciones más vulnerables en este momento. No tiene mucho espacio para maniobrar con los oficiales de FEMA (Federal Emergency Management Agency) en control de todos los recursos que llegan.

Hay analistas radiales que piden la ley marcial. Las fuerzas armadas de EE.UU. están ayudando a distribuir gasolina, alimentos, suministros médicos y otros productos esenciales, pero no se debe permitir que esta misión de rescate se convierta en una ocupación. Los puertorriqueños no somos una recua de salvajes que necesitan un ejército para ser controlados, y tenemos una larga tradición de rechazar intervenciones militares estadounidenses. La isla fue arrebatada a España como botín de guerra; luchamos durante años para recuperar Vieques de la Marina estadounidense. El jueves, una escolta de camiones militares con soldados armados y dos helicópteros trajo dos camiones cisterna de agua a mi pueblo durante la luz del día. No necesitamos esta ostentación de fuerza militar.

¿Será que el mundo debe ver las fotos y videos de la devastación de la tormenta para actuar y ser solidario, a pesar de nuestro limbo político? Una crisis política, una crisis fiscal, una crisis económica. Ahora se suman una crisis de infraestructura y medioambiental. El pueblo puertorriqueño está cansado hasta de pronunciar la palabra crisis. Muchas personas cambian el canal cuando la escuchan en las noticias. Pero hemos visto el deterioro desesperado de nuestras vidas, y después de María, todo lo que nos rodea es deprimente. La crisis es real.

Soy periodista. El Centro de Periodismo Investigativo que dirijo comenzó a publicar noticias de nuevo la semana pasada, tras estar fuera de combate por motivo del huracán. No puedo dejar de preguntar: ¿Quién controlará el diseño de ese nuevo Puerto Rico que prometen los políticos de EE.UU. y los funcionarios del gobierno? ¿Quién lo construirá? ¿Quién se beneficiará del dinero de la crisis? ¿El dinero será para apoyar a multinacionales extranjeras, como lo ha sido en décadas pasadas, o apoyará al capital y comercio local? Antes de María, la Junta de Control Fiscal tenía el poder. El jueves pasado, FEMA tenía el poder. Ahora, el Teniente General Jeffrey Buchanan tiene el poder. Cuando parece que el estatus colonial de la isla ya no puede ser más inconveniente, se presenta una nueva oportunidad. ¿Seguirá todo el mundo mirando para otro lado?

Ahora viene Trump, que ya había declarado este mismo año que los contribuyentes de EE.UU. no deberían “rescatar” a Puerto Rico y luego tras el huracán insistió en que deben pagarse las deudas a Wall Street. ¿Qué producirá su visita este martes, aparte de un nuevo circo?

Puerto Rico necesita ayuda para manejar la emergencia inmediata. Y necesita dinero del gobierno federal, de fundaciones internacionales, de nuestra diáspora. Pero también necesita que se le permita decidir dónde invertir esos recursos y empezar rápido el camino a la reconstrucción, para el pueblo puertorriqueño y por el pueblo puertorriqueño. Este desastre natural no debería ser una oportunidad para la misma gente que causó nuestro desastre económico, que se ha estado beneficiando de nuestros bonos libres de impuestos, nuestros decretos industriales y generosos subsidios — que de algún modo siempre acaban en los bolsillos de multinacionales extranjeras, millonarios y fondos buitre, haciendo que sigamos entre las jurisdicciones con mayor desigualdad en el mundo.

Debemos recuperarnos y reconstruir de otra manera. O esta crisis más reciente se convertirá en la peor de todas.

Este comentario fue publicado originalmente el 29 de septiembre en The Washington Post en inglés.