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El negocio de la vergüenza que genera millones de dólares en Haití y acelera el cambio climático

18 abril, 2018

La industria más grande en Haití es fantasma. El negocio del carbón generó US$300 millones en el año 2012 según la Oficina de Minas y Energía. Es dinero que cambia de manos sin que se le pueda poner un nombre y una cara a quienes se embolsan la suma colosal. Es la opacidad total.

La producción de carbón está en manos de los campesinos en las áreas boscosas de Grand’Anse, al sur y al noroeste del país. La madera, convertida en carbón, satisface el 70% de las necesidades energéticas del país y se utiliza para cocinar, en lavanderías y panaderías, entre otros.

Ninguna de las fuentes conocedoras de esta industria informal fueron capaces de dar a Le Nouvelliste y al Centro de Periodismo Investigativo los nombres de los empresarios detrás de la explotación de este recurso no renovable que es la madera. Sin embargo, unas tres fuentes consultadas para esta investigación afirman que son esos empresarios fantasma los que venden el carbón a los minoristas en las principales ciudades. La mayor parte del consumo se lleva a cabo en Puerto Príncipe, Cabo Haitiano, Gonaïves, y Cayes.

El pasado ministro haitiano de Medio Ambiente, Dieuseul Simon Desras, confesó que durante todo su mandato no pudo identificar a un solo empresario de los que financia este negocio. Además, dijo que no ha habido una voluntad real de este ni de anteriores gobiernos para luchar contra este tráfico.

También René Jean-Jumeau, exministro a cargo de la Seguridad Energética, confirmó la falta de “voluntad real” de parte de los gobiernos. “No hay una voluntad real de racionalizar el uso de carbón. Una voluntad real de gestionar el problema del carbón vegetal pasa a través de una producción racional y sostenible y el uso de alternativas, como otras formas de carbón o una porción de propano y residuos agrícolas”, sostuvo quien actualmente es el director ejecutivo del Instituto de Energía de Haití, una institución privada.

Foto por Jeanty Augustin Junior

Camión carga bolsas de carbón en Camp-Perrin a unos 27 kilómetros de la ciudad de Cayes, Haití.

Una factura ecológica alta

El corte descontrolado de árboles conduce directamente a la deforestación y causa erosión, deslizamientos de tierra e inundaciones. Varios expertos confirman que la alta vulnerabilidad de Haití a los efectos del cambio climático está principalmente relacionada con su deforestación acelerada y la debilidad de su gobierno para frenar este problema.

Durante el último siglo, la cubierta forestal natural del país ha disminuido del 60% de la superficie terrestre al 4%, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés). La deforestación ha dañado la integridad de los ecosistemas, ha aumentado el riesgo de desastres naturales y amenaza la biodiversidad, que es esencial para la reproducción saludable de varias especies agrícolas y forestales.

La deforestación brutal de Haití, que ha alcanzado casi el 98% de su territorio, es atribuible a la ausencia de una política forestal, falta de guardias forestales (además mal pagados y mal equipados), a la extrema explotación de este recurso y, finalmente, a su uso irrestricto por parte de la gran mayoría de la población.

La venta de carbón es una actividad rentable

La Oficina de Minas y Energía (BME) de Haití, una agencia estatal autónoma, confirma en una de sus publicaciones que esta actividad genera una fuente abundante de ingresos. De hecho, la producción y distribución de carbón da faena a una fuerza de trabajo poco calificada en áreas rurales y urbanas. Es decir, la deforestación y la carbonización proporcionan un ingreso significativo para los pobres de la ruralía. En las áreas urbanas, son principalmente los minoristas quienes dependen de la industria para la generación de sus ingresos de subsistencia.

“A diferencia de la agricultura, que depende de las precipitaciones y sigue ciclos de cosecha específicos, el carbón vegetal es un medio de obtener ingresos para satisfacer necesidades económicas urgentes, pago de matrícula escolar y los gastos de ceremonias tales como bodas y funerales, o costos de atención médica”, señala un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), publicado en octubre de 2016.

El carbón y la leña son relativamente fáciles y baratos de producir, y sus cadenas de suministro no son reguladas.

Para el empresario François Chavenet, expresidente de la Cámara de Comercio e Industria, es necesario distinguir entre personas que preparan (carbón) y quienes lo financian. Luego están los del renglón de las finanzas y el transporte del carbón.

“Como este es un negocio que no honra [a la persona que lo hace], muchas personas que lo financian no se revelarán ni lo admitirán públicamente”, dijo Chavenet estimando que es más fácil para ellos esconderse tras un camionero que da la impresión de que él es el personaje que comercia, cuando, en realidad, es financiado por otra persona.

Un sector complejo e imposible de penetrar

La mayoría de las redes de suministro de las zonas rurales generalmente operan con intermediarios, ya sea en centros urbanos regionales o en los principales mercados de Puerto Príncipe, la capital. “Pueden ser intermediarios que buscan redistribuir el carbón entre los vendedores, que a su vez lo venden en cantidades más pequeñas, o que desean comprar grandes cantidades en las zonas rurales para venderlo a otros intermediarios o a los depósitos de venta en la capital, que a su vez venden y distribuyen este carbón”, sostuvo François Chavenet.

Si bien las redes de suministro existentes del sector de la energía de la madera pueden parecer desorganizadas, en realidad no pueden funcionar adecuadamente sin una gran creatividad, ingenio y perseverancia. Al igual que muchos tipos de empresas, dependen, ante todo, de relaciones sociales fiables y redes logísticas. “También son extremadamente complejas y difíciles de penetrar para un extranjero”, concluyó el PNUMA después de una encuesta sobre las cadenas de suministro de carbón y leña realizada en el sur de Haití en septiembre de 2016.

Foto por Jeanty Augustin Junior

Localidad Camp-Perrin, a unos 27 kilómetros de la ciudad de Cayes, Haití.

Simon Dieuseul Desras, exministro del Medio Ambiente, tampoco tuvo éxito. Dijo que a lo largo de su mandato, que duró un año, trató de identificar a los “empresarios ricos” que financian este lucrativo negocio para cazarlos, pero terminó por rendirse. Desilusionado, el exministro denunció a Le Nouvelliste y el Centro de Periodismo Investigativo la falta de voluntad por parte del entonces presidente interino, Jocelerme Privert.

Desde el 7 de febrero de 2017, Haití tiene un nuevo presidente elegido democráticamente. ¿Ha cambiado el trato? ¿Ha enviado Jovenel Moïse, desde su ingreso a la presidencia, una señal clara anunciando su firme voluntad de luchar contra este tráfico? Por el momento, acaba de seguir los pasos de sus predecesores al anunciar un amplio programa de reforestación destinado a plantar más de 10 millones de arbustos en todo el país.

Y esta es una buena inversión, que beneficia a los operadores de carbón.

“Si tuviéramos que analizar esta cadena de 300 millones de dólares, veríamos que del 20 al 25% [de esta suma] se destina a la persona que prepara [el carbón], y el resto se divide entre el que transporta y el que financia o el revendedor en el mercado de Puerto Príncipe”, explicó François Chavenet, originario del suroeste de Haití, una de las últimas áreas boscosas del país donde la explotación de carbón es excesiva.

La cadena de suministro para la producción de carbón vegetal incluye: productores, transportistas, comerciantes o intermediarios en múltiples niveles, y mujeres que venden al detal o en pequeñas cantidades en los mercados.

Según el empresario, el carbón que se compra en el departamento (división administrativa de Haití, el país tiene 10 departamentos) del Grand’Anse (sudoeste de Haití) a un precio determinado, ve multiplicado su valor por tres o cuatro una vez que llegó al mercado de Puerto Príncipe. En medio día, el carbón que sale de Grand’Anse adquiere cuatro veces su valor. “No hay ningún producto de Wall Street que en la actualidad le ofrezca tal rendimiento”, dice Chavenet.

Además, los precios del carbón y de la leña se han mantenido estables durante las últimas dos décadas, dice el PNUMA. Esta mercancía no tiene temporada. Sigue el mismo ritmo todos los días. Sin embargo, a medida que se aproxima la primavera, hay una cierta escasez de carbón y un aumento relativo del precio debido a la falta de disponibilidad de proveedores que están demasiado ocupados en actividades de semillas en los campos.

La encuesta del PNUMA encontró que “los niveles de producción son más altos hacia el final del año, de septiembre a diciembre, aunque más de la mitad de los productores de carbón reportaron trabajar durante todo el año”.

Una solicitud que no se debilita

En las áreas urbanas, se estima que el 90% de los hogares cocinan con carbón. En Puerto Príncipe, esto representa al menos 600,000 hogares, según los estimados del PNUMA, cada uno usando el equivalente de un bote (un bote es una caja de café de  cinco a seis libras) de carbón por día para cocinar. De acuerdo a ese cálculo, se estima que entre 2.5 y 7.3 millones de bolsas de carbón de tamaño normal se consumen en Puerto Príncipe cada año. En las áreas rurales alrededor del 80% de los hogares usan leña (generalmente recolectada en tierra) para sus necesidades culinarias.

Además, en las microempresas (pequeñas y medianas) que incluyen a restaurantes, panaderías, lavanderías y destilerías; el carbón y la leña son las principales fuentes de energía disponibles.

Foto por Jeanty Augustin Junior

Madera lista para transporte en Jeremie, Grand’Anse, Haití.

Aunque le fue imposible nombrar a alguno de los responsables aprovechan de este lucrativo negocio, François Chavenet sabe sin embargo que los verdaderos actores del carbón no están en el Grand’Anse, zona duramente golpeada por el paso del Huracán Matthew en octubre de 2016. Están en otro lado.

Estudios realizados a fines de los años ochenta estimaron que casi el 35% del carbón vendido en los mercados de Puerto Príncipe se originó en la  península sudoccidental y fue transportado por carretera y por mar, mientras la mayoría vino del noroeste. Desde entonces, la península sudoeste se ha convertido en la principal fuente de suministro de carbón  para la capital.

Una encuesta de abril de 2014 realizada por el ministerio de Medio Ambiente en Grand’Anse estimó que alrededor de 6,000 sacos de carbón salían del departamento diariamente para Puerto Príncipe. Esto representa 60,000 kgs de carbón hecho de 372,000 kgs de madera usando las tasas de conversión estimadas.

La parte visible del iceberg

Mientras tanto, en los mercados de Puerto Príncipe, el carbón se vende por bolsa. Pero, los minoristas lo ponen a disposición de los hogares que no tienen los medios para comprarlo al por mayor. “Los consumidores que compran carbón al detal pagan el envase por su peso”, dice uno de los minoristas en uno de los mercados de la capital. “El valor del carbón está ligado al costo que los conductores tienen para transportarlo a la ciudad”, dijeron los comerciantes.

Vienen en gran parte de zonas remotas del país. Algunos viven en las cercanías de los mercados para facilitar su trabajo, otros duermen en depósitos de venta en los mercados porque, dado el costo exorbitante de la renta, dicen, su negocio minorista no les permite tener un techo.

Todo parece indicar que la imposibilidad de ubicar a los actores de este comercio, le impide al gobierno regularlo. A fuerza de tropezar con una sucesión de fracasos a lo largo de los años, los diversos gobiernos han terminado por dejarlo fluir por completo. Hasta la fecha, los intentos de mejorar las cadenas de suministro caóticas y no reguladas del sector, en particular el carbón, han incluido fuertes directrices legales del gobierno para prohibir la producción y el comercio del carbón, sin alentar la introducción de alternativas. “Estas directrices a menudo no se cumplen o no se respetan por completo debido a la falta de recursos y, por lo tanto, tienen poco impacto en el volumen de carbón producido y la presión resultante sobre los ecosistemas haitianos”, dice el PNUMA.

Desde la década de 1960, un gran número de programas y proyectos financiados por la ayuda externa para la sustitución de carbón simplemente han fracasado. A pesar de varias campañas orquestadas por organizaciones sin fines de lucro (ONG) locales e internacionales, las autoridades pertinentes no están haciendo ningún esfuerzo para ayudar a las personas a utilizar otras fuentes de energía para contrarrestar el daño causado por el uso de este producto que ya cuesta  muy caro para el entorno ecológico del país.

En mayo de 2014, el exprimer ministro Laurent Lamothe declaró que la explotación de carbón en Grand’Anse estaba prohibida. Un verdadero fiasco. Los camiones sobrecargados continúan usando las carreteras nacionales  con el conocimiento de todos.

Además, dice el PNUMA que este método fuerte para regular contribuye poco a mitigar la falta de gobernanza y la organización formal del sector, y no tiene en cuenta la necesidad de proponer otras soluciones u ofrecer incentivos para que los hogares y las microempresas utilicen fuentes alternativas de energía. “Además, las autoridades locales no cuentan con los recursos humanos necesarios para apoyar e implementar dicha prohibición de manera efectiva”.

La experiencia dominicana

Si el estado no ha logrado regular el mercado maderero en Haití -un mercado ilegal, informal y totalmente opaco- la República Dominicana ha tenido éxito, gracias a una política pública real, y la política pública de no depender más de la madera como la principal fuente de energía, sostuvo Francisco Domínguez Brito, actual ministro dominicano de Medio Ambiente y Recursos Naturales.

“El mayor éxito de la República Dominicana ante la deforestación ha sido la sustitución del carbón como combustible para cocinar. No hace mucho tiempo, la República Dominicana también cortó sus bosques para hacer carbón. El consumo de carbón por parte de los hogares dominicanos se redujo en un 80%”, informa la doctora Yolanda Marina León, investigadora y coordinadora del Laboratorio de percepción remota área de ciencias básicas y ambientales.

Aquí el estado ha establecido un gran subsidio para el gas propano, aclara León, por lo que cocinar con gas es más barato que comprar carbón. Los empresarios han invertido para instalar plantas de gas en todo el territorio y es relativamente fácil, incluso para una familia que es pobre, tener acceso regular y barato al gas propano para cocinar.  

Por su parte, Domínguez Brito recomienda a Haití hacer el proceso que se hizo hace 30 o 40 años en República Dominicana donde hubo una repartición masiva de estufas y de tanques de gas para que la gente cambiara el consumo de la leña y el carbón por el gas.

“El carbón es como la cocaína y hay que perseguirlo”, destaca este antiguo fiscal y procurador general de la República Dominicana, quien sugiere también a Haití, además de un programa intenso de entrega de estufas y de tanques de gas, una política mucho más fuerte para evitar el corte de árboles.

Cada año, entre 30 y 50 millones de árboles, equivalentes a 4.3 millones de toneladas de madera, se consumen en Haití. La producción de carbón vegetal asciende a 1.3 millones y las pequeñas y medianas empresas (PYMES) absorben los 3 millones restantes.

Y a veces esta producción no basta. “Cuando el carbón tiene más demanda, ya que los bosques en Haití se están reduciendo, la fuente más fácil es sacarlo de la República Dominicana”, señala Yolanda Marina León explicando que “es un gran negocio […] uno de los impulsores de la deforestación en el área fronteriza, incluso en la parte dominicana”.

Para el exministro haitiano, Simon Dieuseul Desras, la inacción del gobierno es responsable de todas las desgracias y desastres conocidos en Haití en los últimos años, añadiendo que no se toman medidas preventivas para contrarrestar el fenómeno del cambio climático.

La deforestación brutal de Haití, que ha alcanzado casi el 98% de su territorio, es atribuible a la ausencia de una política forestal, falta de guardias forestales (además mal pagados y mal equipados), a la extrema explotación de este recurso y, finalmente, a su uso irrestricto por parte de la gran mayoría de la población.  

De acuerdo con una investigación publicada en febrero del 2017 por Le Nouvelliste, para reducir el peso del carbón a menos del 30% de la matriz energética nacional, Haití necesitaría casi $500 millones, o la mitad del valor de su balanza de pagos para financiar este cambio. Y se necesitarían $500 millones más para financiar los elementos que acompañan este cambio. De hecho, Haití necesita al menos mil millones de dólares (la mitad de su presupuesto nacional) para cambiar este paradigma como un desafío financiero a una transición energética que reduce el consumo de madera.

“Haití tiene que aprender de cosas que se han hecho aquí – también cosas malas y las positivas en el asunto de medio ambiente – y analizarlo en un contexto no de país, sino en un contexto de isla, de región, porque definitivamente lo que pase en un lado u otro de la isla va tener impacto en la población total”, opinó Amadeo Escarramán, coordinador del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), en República Dominicana.  

¿Qué soluciones hay para los próximos años?

El carbón continuará siendo un pilar para satisfacer las necesidades energéticas de los hogares haitianos en los próximos años, tanto por razones prácticas como culturales. El PNUMA considera que es necesario establecer un sistema que asegure que el carbón se produzca de una manera sostenible, que satisfaga las necesidades económicas de la población, a la vez que logre la preservación de los bosques naturales.

Es en este marco, cuatro años antes, gracias a la financiación del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), se inició un proyecto innovador y ambicioso en el noreste del país. Es un bosque energético de 20 hectáreas establecido en una de las zonas más secas del país, donde la principal actividad económica de la zona es la producción de carbón vegetal y la crianza de animales al aire libre. Los bosques energéticos se implantan con el objetivo de obtener el material vegetal (leña) para la generación de energía térmica. Hasta esta fecha, según Obéi Dolcé, director de la ONG “Village Planète”, que proporciona apoyo técnico a la ONG local – Association des Planteurs de Desrac – a cargo de la gestión forestal, es el único bosque de este tipo en Haití, incluso reconoce que otras organizaciones quieren replicar el mismo proyecto en otras partes del país.

Para Obéi, el bosque trae más cobertura vegetal, aumenta la humedad y la lluvia en el área. Manejar adecuadamente el bosque requiere que los residentes sepan cómo hacerlo, ya que no pueden cortar árboles como lo hacían antes. Ahora saben que al cortarlos para hacer carbón, no deben arrancarlos de raíz, sino que deben cortar solo las ramas de los árboles para que puedan regenerarse y revivir. Y como es una zona árida, deben cosechar la madera en clima lluvioso.

Al principio, confiesa el agrónomo Dolcé, no fue fácil unir a la gente del área con el proyecto, pero ahora es la gente la que supervisa el mismo. Recientemente, durante un intenso período de sequía, comenzó un incendio en el medio del bosque. Fueron las mismas personas las que corrieron a apagar el fuego. “Es esta dinámica lo que salvará a Haití de la deforestación salvaje”, dijo el agrónomo.

Pero con una tasa de rehabilitación forestal natural estimada en solo el 26% del consumo, Haití seguirá teniendo un ratio de déficit entre los árboles plantados y los árboles cortados cada año si no impulsa un esfuerzo concertado de replantación, advierte el PNUMA reconociendo que el suministro de leña sigue siendo un área que la cooperación internacional para el desarrollo en Haití no aborda suficientemente.

Este reportaje es parte de la serie ISLAS A LA DERIVA, resultado del trabajo de una decena de periodistas caribeños liderados por el Centro de Periodismo Investigativo (CPI) de Puerto Rico. Las investigaciones fueron posibles en parte con el apoyo de Ford Foundation, Para la Naturaleza, Miranda Foundation, Fundación Ángel Ramos y Open Society Foundations.

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