Gobiernan un país que no conocen 

El gobernador y sus allegados han demostrado una profunda ignorancia sobre el tejido emocional y social del país que, en total enajenación, han tratado fracasadamente de gobernar.

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Manifestantes en el Viejo San Juan reclamaron el lunes, por quinto día consecutivo, la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló Nevares.

Foto por Joel Cintrón Arbasetti | Centro de Periodismo Investigativo

No me cabe la menor duda que ninguno de los integrantes de la Manada Azul se ha enterado o ha entendido qué es lo que ha hecho mal. Me los imagino hablando entre ellos, frustrados y con la saliva envenenada, pensando que lo que han tenido es mala suerte, que los pobres de carácter son los informantes que violaron el código de muchacho de fraternidad estadounidense, y expusieron su intimidad. Me los imagino desahogándose con sus allegados y reflexionando sobre cuán hipócrita es el país porque, según ellos, todos hablamos así con nuestros amigos, todos tenemos ese tipo de chat. Pero qué equivocados están. 

Día tras otro, el líder de la Manada, el propio gobernador Ricardo Rosselló pide perdón, dice que cometió un error, que no lo vuelve a hacer. Como si lo que revelaron las casi 900 páginas de sus conversaciones electrónicas privadas, con las personas más allegadas a él, — dentro y fuera del gobierno — fuese algo que podríamos llamar error. 

Decir error, es casi decir accidente, un tropiezo, o quizás, un pequeño error de juicio que se arregla rápido. Un error es algo que puede corregirse. No es el caso de lo que el país ha descubierto en los últimos días. Ricardo Rosselló: ustedes no han cometido un error, ustedes han mostrado al país la profunda corrupción de su carácter y los filtros de misoginia, homofobia, racismo, clasismo y privilegio, a través de los cuales miran al país. Y eso, sépase, incide en todas sus acciones gubernamentales y cotidianas. No se trata de un error de juicio, o de una broma de mal gusto, se trata de la más baja corrupción del carácter. Pero sobre todo, de algo mucho más preocupante: intentan gobernar un país que no conocen. 

Aquí nadie está tratando de hacerse el mojigato. Claro que los puertorriqueños decimos palabras soeces, nuestra palabra más representativa hoy — puñeta — acompaña igualmente el gozo que la pena, la rabia que el dolor. Claro que muchos hombres en la isla hacen constantemente alusiones sexistas y homofóbicas. Claro que hay racismo y clasismo y la sociedad opera desde injustos y desbalanceados privilegios. Pero sucede que, aún con todo y eso por lo que hay que seguir luchando y educando, los puertorriqueños y las puertorriqueñas tenemos unos códigos, una especie de ética colectiva, un nervio vivo y sensible que ustedes han herido como nadie. Eso es lo que nos ha hecho reaccionar así, en esta enorme y abrumadora ola de indignación. De ese tejido colectivo ninguno de ustedes entiende nada, porque no son como nosotros. Podrán llamarse puertorriqueños, no soy quien para decirles que no lo son. Pero les informo que el aspecto más importante de ser parte de un país, la señal más clara de pertenecer a un colectivo, es entender en toda su abstracción y profundidad cómo opera el tejido emocional de una sociedad. ¿Cuáles son los nervios colectivos? ¿Qué nos duele a todos? ¿Cuáles son nuestros límites para el humor? ¿Qué consideran sagrado y qué no? ¿De qué podemos bromear y qué va a provocar que todos los muchachos del corillo te digan: cabrón, te pasaste? Serán puertorriqueños si ustedes quieren considerarse así, pero no viven la puertorriqueñidad como la vive la mayoría. 

Cuando vimos las burlas crueles a la pobreza, a la humildad y dignidad de un muchacho obeso que se fajó trabajando por el partido, cuando vimos las burlas al fallecimiento de figuras indispensables de nuestra historia como Marta Font y Carlos Gallisá. Cuando vimos su homofobia y su racismo, su estilo de vida hipócrita de dos caras todo el tiempo, cuando vimos expuesta su obsesión con las mujeres fuertes y de voz propia que, claramente, les aterrorizan. Cuando los vimos soñar con un futuro “hermoso” en el que no haya puertorriqueños, cuando los vimos burlarse del modo más inhumano posible de la acumulación de cadáveres en el Instituto de Ciencias Forenses, después del paso del huracán María, nos quedó claro a todos, que ustedes llevan ya más de dos años tratando de gobernar un país que no conocen y al que francamente, con ese compás moral, jamás podrán pertenecer.

No basta decir con que estamos ofendidos e indignados, no basta hurgar hasta las últimas consecuencias en los posibles delitos que se desprendan de ese chat, es tiempo de remover esa clase política de muchachitos ricos que no conocen el país, que vienen a gobernar un cuatrienio, y salen corriendo a llevarse el dinero a vivir en grandes casonas en los Estados Unidos, trabajando en grandes bufetes, en ese paraíso libre de puertorriqueños con el que suenan. Es tiempo de remover a estas personas que nos han demostrado lo evidente: no hace falta conocer la miseria, para ser miserables. 

Lo peor, es que a ellos tampoco les mueve demasiado, esta ola de indignación. No saben lo que es un chancletazo. Están acostumbrados a que su dinero, su privilegio, sus padres o sus conexiones, los escampen pronto de los aguaceros y tormentas que dejan a su paso. Al menos, esta mañana, tras las protestas, removieron las sombrillas de la Fortaleza. El símbolo siempre nos ha salvado, pero en esta coyuntura necesitamos mucho más. 

Ahora andan por ahí, populares y penepés, echando para atrás su indignación, poniéndola en remojo, dando espacios que no hacen falta, barajeando  el poder para que no se mueva demasiado. A ambos partidos les conviene que Ricardo Rosselló no renuncie. El Partido Popular Democrático, se regocija ante la posibilidad de llegar a las elecciones con el pequeño y desacreditado gobernante en La Fortaleza. Oportunidad dorada para vengarse por haber tenido que cargar a un gobernador acusado en pleno periodo de elecciones en el 2008. Mientras, en el Partido Nuevo Progresista, Jennifer González y Thomas Rivera Schatz se tomarán su tiempo en pelearse por la candidatura, antes de dar cualquier paso. Ninguno tiene urgencia. Que se quede ahí el payaso, payaseando en lo que se reacomodan sus fichas. Que llene el hueco y mientras tanto, la gente que patalee todo lo que quiera, porque están tan seguros de tener el control. 

No pueden obrar de otra manera, quienes no conocen la necesidad, no entienden de urgencias.   

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