El sonido del dolor: hacia revisitar el 11 de septiembre

Imprimir Más
911620_610_217

De atrás para adelante

Por supuesto que no puedo evitar recordar aquel día. En la tarde, de camino a mi apartamento en “Midtown”, el tren usualmente plagado de ruido estaba espeluznantemente en silencio. Los transeúntes cedían paso y cortésmente se aglutinaban para hacerle espacio a quienes arribaban.

Horas antes, mi jefe regresó a la oficina con los ojos rojos. Regresaba del malecón de Brooklyn de ver las torres esfumarse como dos muñecos de trapo. Yo aún estaba atónito de ver el segundo avión embestir contra la torre sur.

Poco antes, a las 8:50 a.m. recibí una llamada a mi oficina. “Enciende el televisor” suplicó un colega. “Un avión acaba de estrellarse en una de las torres del World Trade Center”.

De atrás para adelante. Así es como lo recuerdo. He transformado mi memoria de los ataques del 11 de septiembre en un aparatado maleable que puedo controlar.

Mis recuerdos más intensos fueron los que ocurrieron después del ataque. En una esquina de la Octava Avenida, cerca de la Calle 57, una hilera de niuyorquinos esperaba bajo el sol de septiembre para donar sangre en una clínica improvisada. En Manhattan persistía un sentido de hermandad inusual en una ciudad incorrectamente descrita como hostil. Por el día, los oficiales públicos – desde bomberos hasta la fuerza policíaca y personal médico – laboraban incansables bajo el intenso calor de los vestigios de hierro. Por la noche, el país se iluminaba con las luces de las vigilias.

En las palabras de la reportera de Times Magazine Nancy Gibbs, “en un día cualquiera celebramos heroísmo porque no es común. En el 11 de septiembre, lo celebramos porque el heroísmo estaba en todos lados”.

No es de ningún modo, que obvie los efectos menos heroicos a consecuencia de los ataques, como la invasión a Irak y los atropellos sistemáticos a los derechos humanos a ambos lados del conflicto.

Todo está en mi cabeza: el heroísmo, el trauma y la repercusión.

Ciego

Como muchos profesionales de la industria, opté por no correr y buscar mi cámara. No fue un juicio moral intuitivo. Como el resto de Nueva York intentaba procesar lo que había ocurrido. Una de las representaciones pictóricas más inteligentes que observé fue la de un joven fotógrafo quien escribió un ensayo crítico y le tomó una foto, insinuando que éste era un momento de crítica y análisis y no de voyerismo desmedido.

Mañana me dirijo a cubrir el 10mo aniversario de septiembre 11 y me pregunto frecuentemente cómo he de reportar tal suceso. Las calles estarán llenas de manifestantes. Miles de familiares de víctimas peregrinarán hasta el Museo Nacional y Memorial del 11 de Septiembre me imagino la ciudad se arropará con un patriotismo que no mal acompañara el mensaje del Presidente Obama en cuanto al estímulo laboral y, por supuesto, el comienzo de la temporada de fútbol americano.

He cubierto conflictos y eventos teñidos de trauma en el pasado. En Puerto Rico, cubrí las expropiaciones de residentes en Santurce y en Haití, el terremoto devastador del 12 de enero del 2010, entre más. Eran eventos singulares – heridas haciéndose memoria, no aniversarios de un herida en la memoria colectiva.

Gracias al Centro Dart de Periodismo y Trauma con el cual entrené en cobertura de conflicto he aprendido y generado formas de cubrir trauma. Pero aún este centro al igual que muchas otras instituciones son cautelosos a la hora de ofrecer ideas. Los autores Jeremy W. Peters y Brian Stelter advierten de la “línea fina” entre la conmemoración y la explotación de este evento en un artículo del New York Times.

Bruce Shapiro, director ejecutivo del Centro Dart, comenta en un artículo publicado en el Chicago Tribune, que las víctimas del 11 de septiembre han perdido “grandes cantidades de poder”, por lo tanto hay que tomar precaución en cómo representarlos en los medios cuando han sido los medios los responsables por intensificar los sentimientos de coraje y exponer la cicatriz cultural que aún traumatiza alrededor del mundo.

Charles B. Strozier, psicoanalista y profesor del John Jay College en Manhattan, responsabiliza a los medios por aumentar el trauma y dar una idea fatídica del evento en un artículo en The Crime Report, “Creo que hay una diferencia en la forma en que el país respondió al 911 con la forma que respondió Nueva York y es porque el país lo vio por televisión y obtuvo una respuesta psicológica inauténtica. No es real, esta literalmente filtrada, hay una pantalla. Creo que esto llevó al miedo y el miedo es un sentimiento fácilmente manipulable”, explicó el autor.

El columnista del New York Times, Bill Keller, explicó en duras palabras que debió haber indagado más en la inteligencia provista por la administración pasada en cuanto las armas de destrucción masiva y que él, al igual que otros periodistas, estaban errados al apoyar las subsiguientes intervenciones militares.

Regreso a la pregunta inicial y digo, cómo cubrir un evento tan controvertible, uno que inspira sentimientos de patriotismo, pero plagado de tanta incongruencia que llevó el país a la ruina y ha dividido ideológicamente a los dos reinantes partidos políticos.

La fotoperiodista y profesora Donna DeCesare ha cubierto trauma en Latinoamérica ampliamente y ofrece, a través de sus clases y en Centro Dart, ciertas sugerencias. Entre ellas, darse cuenta del enlace entre periodista y sujeto que existe. Ambos sufren y son víctimas de un mismo conflicto: el que ven y viven ese momento. En mi caso, puedo tener empatía con las víctimas pues fui una de ellas, en aquel fatídico día. ¿Cómo quisiera yo que me representaran o citaran en la prensa? Esa pregunta ya comienza a darme un poco de perspectiva y pienso, que la forma justa y apropiada es dejar que sean la palabras de las víctimas que narren.

Esta misma conclusión ofrece DeCesare al insistir que exista consentimiento entre el fotógrafo y la persona. Pedir perdón, no permiso, y preguntar cómo la persona quiere ser fotografiada. Es escuchar el dolor: pensar.

El último ingrediente que propongo no está tan desligado. Al escuchar con detenimiento nos damos cuentas de las detallas en la tela, las incongruencias que pesan. El periodismo investigativo entra aquí como arma útil. Periodistas como estos, que no descanan, son los que han mostrado las injusticias que se han desatado a raíz de este evento solemne. Graham Rayman ha expuesto los negocios que se han lucrado a partir de la tragedia. Amy Goodman reportó de la subcontrataciones de compañías extranjeras para construir el World Trade Center, en lugar de proveer empleos en la manufactura local. Hay, en otras palabras, que escuchar antes de recordar y ver la tragedia no a través del velo patriótico de un bandera, sino bajo una lupa crítica y compasiva, crear narrativas que eduquen, edifiquen y traigan una conclusión emocional en este tan importante día.