Universidad, deuda y libertad

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Foto tomada de https://www.facebook.com/PAReS

Estudiantes marchan con pancartas durante las justas intercolegiales.

En la Universidad de Puerto Rico vivíamos con un entusiasmo que no encontrábamos en otra parte. Los alumnos de aquella generación de los 90, como los de hoy y los que nos precedieron, estudiamos para ser libres y para creer en la infinidad de posibilidades de cada individuo. Mientras una parte del País se mantenía de rodillas por la subordinación política ante EE. UU., los profesores nos enseñaban a pensar para ponernos de pie. Generaciones de puertorriqueños aprendimos a valernos por medio de la ciencia y del humanismo.

El gobierno de Ricardo Rosselló se propone recortar hasta $512 millones al presupuesto del centro docente, poniendo en juego esos objetivos mucho más profundos e intangibles. Rosselló instala un plan de austeridad en prácticamente todos los sectores gubernamentales para obedecer a la Junta de Control Fiscal, impuesta por el Congreso de EE. UU., para que Puerto Rico le pague a los bonistas. Pero la directora ejecutiva de la Junta, Natalie Jaresko, gana más de medio millón de dólares anuales por su trabajo con fondos públicos del país quebrado.

A principio de cada semestre cruzábamos el portón del Recinto de Río Piedras, caminábamos frente a la emblemática Torre de la Universidad, y llegábamos a la Facultad de Humanidades, preguntándonos cómo sería el profesor o la profesora que habríamos de conocer, qué haría para expandir nuestra visión del mundo. Era todo un acontecimiento tomar clases con la escritora Ana Lydia Vega. A quienes tuvimos la suerte de estudiar con ella un curso sobre letras y descolonización del Caribe francófono, nos enseñó que no sólo Puerto Rico era una colonia, sino que pertenecíamos a un grupo de naciones oprimidas, que habían buscado en la literatura una manera de liberarse y de representarse como países propios ante el mundo. Escuchar el Coro de la Universidad, asistir a las funciones del Teatro Rodante del Departamento de Drama, compartir con estudiantes procedentes de otros países, era parte del aprendizaje, el aula extendida.

Fue Ana Lydia Vega quien habló de un gran cambio que ocurría en los alumnos. Ella le llamaba el desarrollo de una hiper-conciencia crítica. Aunque algunos pasan por la universidad pública como zombis sin enterarse de nada, quienes la aprovechan desarrollan ese “estado de alerta permanente que tiene a uno siempre en guardia contra la mentira”. Así lo describió Vega en su famoso ensayo La felicidad ja, ja, ja y la Universidad, que escribió con motivo de una lección inaugural en el recinto. Para estos principios, y para aumentar el saber por su valor intrínseco, es que existe la Universidad, no exclusivamente para memorizar información y buscar un empleo.

Eso no quiere decir que el centro docente no puede contribuir simultáneamente al desarrollo económico o a subsanar una carencia del país. Sí tiene un rol importante en ese sentido, y mucho. Nuestra Universidad cumplió con la necesidad de preparar a los maestros que iban a trabajar en las escuelas públicas, y de los agrónomos que desarrollaron la agricultura de principios del siglo pasado. Hoy, la institución puede fomentar empresas que produzcan capital local, creen empleos e ingresen contribuciones al erario. Esa es una razón adicional para defender los presupuestos de la educación universitaria ante el machete de austeridad decretado por la Junta de Control Fiscal.

Sin embargo, a la Universidad se le exige que demuestre su valía para un proyecto de país en momentos de deuda con los bonistas, como si Puerto Rico tuviera proyecto de país y un proyecto de desarrollo económico. Ciertos grupos de poder ven la educación pública como un regalo en lugar de una inversión, pero no tienen la valentía ni la altura intelectual para cuestionar los regalos a empresas multimillonarias que llegan del extranjero a aprovecharse de Puerto Rico. Las empresas de biotecnología agrícola como Monsanto han recibido más de $526 millones en subsidios, incentivos industriales y tasas contributivas preferenciales durante los diez años de la crisis, según lo demostró una investigación del Centro de Periodismo Investigativo. Ese es prácticamente el recorte que Rosselló le quiere hacer a la Universidad. Las semilleras multinacionales no resuelven problemas de la agricultura puertorriqueña, sino que experimentan para desarrollar la industria del maíz y la soya transgénica, para responder a las necesidades de los grandes países productores de esos cultivos, como Estados Unidos, Brasil y Argentina. Después de que el gobierno invierte en educar a los agrónomos del Colegio de Mayagüez, el sector de la biotecnología agrícola se canta como uno de los principales empleadores de estos ex alumnos que debían experimentar para resolver los problemas de nuestra agricultura. Esto también es una especie de fuga del capital intelectual.

Los estudiantes de hoy saben que no hay que ser independentista ni comunista para defender el principio de una educación pública. Solo tienen que buscar en Google. En el siglo XX y XXI, los movimientos estudiantiles, en países comunistas y capitalistas, independientes y colonias, han reclamado este derecho y han catalizado cambios sociales en favor de los derechos civiles, derechos laborales, el pacifismo, la descolonización, entre otros.

En la coyuntura de una Junta de Control Fiscal, los estudiantes y los ciudadanos que están pidiendo la auditoría de la deuda son los que están sacando las garras en la lucha contra la subordinación.

emartinez@periodismoinvestigativo.com

  • Kandorum

    La impresionante que da este problema de la Universidad es que es apropósito. El PNP no le importa la UPR porque las universidad de un país abre los ojos y a ellos no le conviene